¿SE
LLAMARA REALMENTE PEDRO?
Hace
muchos años, conocí a un compañero de trabajo al que todos
llamaban Guillermito el del Celica. Por aquellos tiempos Carlos Sainz
había ganado su primer o segundo campeonato mundial de rallies con
Toyota, y el modelo en cuestión, el Celica, era uno de los coches
mas deseados que podían comprarse. Guillermito tenía uno, y de ahí
que fuese conocido de esta forma, como Guillermito el del Celica, ya
que lo suyo rozaba la exclusividad.
Guillermito
era feote, bajo, gordito y padecía de la vista. Por ello llevaba
unas gafas de pasta. Coronaba un pelo rizado, a lo ángel de
Bouguerau. Tenía marcas de un granuloso pasado con acné con mala
pus, y a su joven edad ya le colgaban los carrillos a ambos lados de
la cara, así a lo Churchill, de ahí que en el trabajo fuese también
conocido como el hijo de Churchill, aunque este apodo, pese a que le
hacía cierta justicia, no fuese de su agrado.
El
caso es que, como cuento, Guillermito tenía un Celica, y usaba su
preciada posesión como tarjeta de presentación, presumiendo de ella
indistintamente cualquiera que fuera el sexo de la persona con quien
tratara. Y es que pese a su imagen más bien insignificante,
Guillermito sabía ganarse a la gente, pues tenía la extraordinaria
cualidad de relatar los hechos que acaecían en su vida de una forma
que daba gusto oírle. Descriptivamente los cargaba de detalles,
dotándolos de barroquismo y arabescas anécdotas, y escuchándole,
parecías verle en el centro de la escena de aquellas deslumbrantes
representaciones. Para compensar las gafas de pasta y las viejas
pústulas, Guillermito se vestía bien. Iba a la moda. Le recuerdo
con una americana de Chevignon, unos vaqueros Liberto, y calzando
unos lustrosos Martinelli. Por si le faltará un detalle, hasta tenia
un teléfono portátil de aquellos que solo se veían en las
películas de James Bond, y se conocía de la A a la Z los mejores
sitios de la ciudad; los mejores restaurantes y terrazas de copas;
allí donde daban fiestas los famosos para salir guapos en las
fotografías del Diez Minutos y en los distintos programas del
corazón. De hecho, si le preguntabas, Guillermito casi siempre había
tratado con la famosa de turno que salía en aquellas imágenes, o en
el peor de los casos la conocía de vista, pese a sus citados
problemas de visión. Y es que Guillermito el del Celica tenía mucho
mundo recorrido. En el ecuador de la veintena de edad ya había
visitado varias capitales importantes, y gracias a ello hablaba
fluidamente tres o cuatro idiomas, así como otros tantos acentos.
Un
día marrón, inesperadamente, despidieron a Guillermito del trabajo.
Nadie supo bien los motivos, pero con el paso del día se resolvió
que aprovechándose de su bien ganada fama, se fue de matute en uno
de esos restaurantes del centro que tanto frecuentaba. Y como al
echarle el guante, cuando este ya se disponía a coger la puerta para
poner pies en polvorosa, no se le ocurrió otra escapatoria que tirar
de sus influencias laborales para librarse del rejón, fue enterarse
nuestros jefes de su nueva aventura y mandarle a administración para
que conociese al hijo de Finiqui.
Recordándole
el resto, tal y como si velásemos su capilla ardiente, con gran
sorpresa caímos en la cuenta que ninguno de los presentes había
visto nunca el Celica en cuestión. De acuerdo que con gran
generosidad por su parte siempre estuvo dispuesto a enseñárselo al
primero que pasara, para que así se deleitase escuchando como rugía
su motor, o darle una vuelta en aquel bólido apurando al máximo las
líneas interiores de las curvas, pero como por comodidad siempre
acudía al trabajo en autobús, nadie le había visto nunca con el
célebre coche. Fue así como tirando del hilo, descubrimos con no
poco asombro, que tampoco ninguno de nosotros le había escuchado
nunca hablar en otro idioma que no fuese el que ya traía de cuna, ni
visto hacer llamada de teléfono portátil, ya que el muy cabrón se
sabía el truquillo para llamar gratis desde la oficina y era un
prodigio verle gastar conferencias. Tampoco nadie había coincidido
con él en esas fiestas nocturnas que con tanto detalle describía, y
por no contar en su haber, ni siquiera le conocíamos amistad alguna.
De hecho, ¿alguien le había visto alguna vez con otra chaqueta
Chevignon u otros pantalones Liberto distintos de los que siempre
llevaba? ¿Y no era menos cierto que los lustrosos Martinelli
padecían ya de muchos kilómetros, tantos o más que los que tendría
el famoso Celica? Fue así como llegamos a la decepcionante
conclusión de que Guillermito era un farsante. Un trolero, que se
decía por entonces. Pero había que reconocerle que era uno de los
mejores, un mentiroso cojonudo, tanto que alguna de sus ficticias
vivencias aun viven hoy en mi recuerdo, e involuntariamente doy por
ciertas, hasta el punto de que a veces se las cuento a mis semejantes
como “yo conocí a uno al que le pasó esto, que intimó con esta
famosa, o le ocurrió esto otro”, tan honda es la huella que
dejaron en mí memoria sus relatos.
Y
es que Guillermito vivía más feliz en aquel mundo que se inventaba
que en el suyo propio. Se ve que el mundo real no debía complacerle
y que por ello se inventaba un papel mejor en la realidad paralela
que habitaba en su cabeza ¿Para que ser otro tieso más con aspecto
de hijo perdido de Churchill cuando con solo cerrar los ojos podía
tomarse un pelotazo con Ivonne Reyes, echarse un bailecito con
Catherine Fulop o pasearse en el Celica con Judit Mascó a toda
velocidad por la M-40 escuchando a los Black Box? Aquella fantasía
solo necesitaba la colaboración de que el resto se la creyese, y
como todos nos tragábamos su fábula, el tipo con sus mentiras
llevaba una vida plena.
Concluí
que quizá el mal que aquejaba a Guillermito fue no haber gastado en
refranes. De haberlo hecho habría sabido que se coge antes a un
mentiroso que a un ciego. O que las mentiras tienen las patas muy
cortas. Que ballestero que mal tira, presto halla la mentira. O que
alabanza propia, mentira clara. Y es que la mentira tiene muy
mala prensa. Acaba con el crédito que uno tiene y ese saldo luego es
imposible recuperarlo. Con este desprestigio, Guillermito el del
Celica apostó hasta su propio nombre, pues sin Celica ya no podría
seguir llamándose así. Es más, reflexioné ¿Guillermito se
llamaría realmente Guillermo?
Todo
esto viene a colación, porque de un tiempo a esta parte descubro con
estupor que a base de continuadas mentiras, la verdad empieza a estar
sobrevalorada.
Escucho
a nuestra clase política tapar una mentira con otra, sin dar atisbo
alguno de verdad, con desfachatez, sin importarles su crédito, como
si gozasen de un saldo infinito.
Como
estrategia huyen de la verdad. Como si la mentira fuese su principal
recurso, como si esta fuese consustancial a su cargo y por ello
merecedora de ser coreada entre aplausos. Quizá la mentira, con toda
su intensidad, sea parte inherente de esta nueva normalidad. Tal vez
tengan legitimidad para mentir, y de ahí que sientan la impunidad de
seguir practicándolo sin importarles nuestra desafección por ello.
Farsantes
como Guillermito no hacían daño a nadie, sus mentiras eran
balsámicas y supongo que solo se las contaba a unos pocos. Los
políticos farsantes en cambio se las cuentan a todo un país, y las
consecuencias de sus crueles mentiras las pagamos todos.
Y
ahí está otro día más. Le veo en pantalla, al mal ballestero,
viviendo su fantasía, necesitando nuestras tragaderas para continuar
llevando una vida plena . Actúa afectado, exagerando sus reacciones
y no sé si sus sentimientos. Preparado para otra batería de trolas.
Y tal y como pensé hace ya muchos años con Guillermito el del
Celica, me pregunto: ¿Se llamará realmente Pedro?
Málaga,
19 de Octubre de 2020.
EL
GRAN ALF-ALFONSO ZM