COLONIZACION DE SIERRA MORENA
Hace ya muchos años que es objeto de discusión entre nosotros la colonización de España en general y especialmente de Sierra Moreno, y en diversas épocas este pensamiento se ha agitado con mas o menos calor, pero siempre con poca fortuna. El último esfuerzo oficial que se ha hecho en pro de la colonización se debe al celo y a la reconocida inteligencia de un funcionario del Ministerio de Fomento que no hace quizá un año formuló un proyecto digno de estudio, no solo por el alto objeto que encerraba, sino por el modo con que estaba concebido.
Excusado es que nos detengamos a encomiar un pensamiento de utilidad tan reconocida que nadie se atreverá a poner en duda; basta que digamos que el trabajo referido quedó, como otros muchos, sepultado en el olvido de nuestra pereza o en el revuelto mar de las continuas oscilaciones que tan asendereados nos trae. Sabemos que en tanto no dejemos de preocuparnos de coas que tan distraidos tienen los ánimos, y que realmente son de escasa utilidad para el bien público, no podrá entrarse a resolver ese y otros problemas, en los que indudablemente está cifrada la suerte del país; pero cumple a nosotros promover y esclarecer cuestiones de tan importancia como la de que tratamos. No importa que hoy no se pueda alcanzar objeto de tanto precio; la necesidad y el tiempo traerán la resolución práctica de esta y otras cosas, a las que no se podrá resistir en presencia de la marcha progresiva de nuestro siglo.
Entre los grandes despoblados que encierra nuestra hermosa Península es el mayor sin duda el que vamos a ocuparnos, y disfruta de las más ventajosa situación por su posición meridional, la abundancia de sus aguas y la riqueza de productos de todas clases. El gran desierto que ciñe a las provincias de la Bética es uno de los más extenso de Europa, y su feracidad la acreditan los indelebles testimonio de la inmensa población que le cubría en lo antiguo.
Parte principal y como cabeza de esta notable derivación geológica es la sierra llamada de Segura, de cuyos grandiosos valles hasta decir que a fines del siglo último le fueron calculados más de 400.000.000 de pinos. En tiempo de los fenicios, cartagineses y romanos florecía aquel hoy abandonado país; le cruzaban hermosos caminos, cuyos vestigos apenas hoy se perciben desde Cartagena a Castulo, de Andújar a Sirapio, Mérida y Lisboa. En tan extensa comarca que, como se propuso en Cádiz, debiera formar por sí sola una provincia, y tener una administración propia y una capitalidad entre el inmenso círculo de Almería a Ciudad Ral, de Albacete a Granada y de Jaén a Murcia, ha desaparecido en poco tiempo una mita quizá de su arbolado; existe un solo camino transitable, ni de los proyectos de colonización se han realizado más que el que llevó a cabo el ilustre Diputado provincial de Jaén D. Pedro Fernando Martinez, que fundó, aunque sin la protección debida, la población de la Isabela. Empero de la sierra de Segura y adyacentes, aunque nudo o centro principal o enlace íntimo de la cordillera Moriana o Bética Orto septentrional, es cosa para tratado aparte, limitándose por hoy al resto de la gran cadena que, ciñendo al Guadalimar y Guadalfeo y cruzando Despeñaperros, se prolonga entre Andalucía, la Mancha y Extremadura hasta atravesar la Lusitania.
El despoblado principal de ella corre de la izquierda (si vamos de Madrid) del camino real a Cádiz hasta los límites de la provincia de Sevilla. Son más de 40 leguas de eje, y el territorio abandonado tiene de 7 a 10, 12 y 14 leguas de anchos desde el arrecife y las inmediaciones del Betis hasta la comarca en aprovechamiento de las provincias del lado acá de los montes Morianos.
Esta vasta extensión después de la sierra de Segura, hasta las de Sevilla, Niebla y Algarbe, que son sus eslabones extremos se divide naturalmente en estas proporciones prinicipales.
1ª. La de la izquierda del camino Real, que llamaremos de Montizon, por el nombre allí de la sierra, forma un distrito especial. La población de Aldea Quemada, hoy con Ayuntamiento, Montizon y Almuradiel, de las colonias de Olavide, son puntos prinicipales de ella.
2ª. La otra parte de aquellas nuevas poblaciones desde Despeñaperros hasta Poniente constituye un segundo distrito al que debe dar su nombre Despeñaperros mismo. En él existen ruinosos elementos de aldeitas que trazó el gran Olavide, llegando a Hortezuela, San Lorenzo, etc. Este territorio se extiende hasta la noble población de Socueca, donde concluyó el gran conflicto de Bailén, y al valle de Herrumblar, cuyo ría toma otras diferentes nombres hasta su origen en la Mancha, de donde recoge aguas para atravesar con ellas, como sus colaterales, la cordillera y llevarla coomo en tributo forzado al Betis.
3ª. La parte entre las nuevas poblaciones y el río Yeguas, que separa a Jaén de Córdoba, y del Guadalquivir en ancho, se divide en tres grandes secciones: primero la oriental o desde el río Yeguas hasta el Guadalmellato y adyacentes, que comprende en sus cumbres la espaciosa llanura de la Saliega; la extensímia dehesa de la Jara y una gran parte de la antigua Beturia y del país de los Turdulos y Turdetanos. Esta sección puede denominarse Sierra de Montoro, Fuencaliente y Pedroches.
4ª. Sigue a Poniente de ella el espacioso valle de Guadamellan (el Almirato o braci-largo, cuyas confluencias forman la figura de abanico o imita la de los dedos abiertos de la mano) y el de Guadiato o río Santo antiguo, que aún conserva su denominación oriental, medio árabe, medio helénica, y que como el anterior y casi todos los de Sierra Morena, después de recoger las aguas de las vertientes septentrionales de ella, la rompen o cortan para correr al Mediodía, llevando las suyas al gran Tartesio o Bétis, fenómeno geológico asaz notable. Este distrito puede llamarse central de la sierra de Córdoba a no apellidarlo por el nombre de Turdulos o Turdetanos que la cubrían, o por el de su capital Beturce.
5ª. La sección occidental de la sierra de Córdoba la forma la vastísima cuenca del Bembezar y de sus tributarios, la cual se extiende desde la anterior, y desde el Guadalquivir hasta Extremadura, confinadno con Azuaga y hasta la provincia de Sevilla, y aún tiene vertientes y recoge aguas aquel rio de más allá de los límites de aquellas provincias y de la cordilleras que las demarcan.
Este desierto, que por sí oslo excede en extensión a algunos de los cantones helvéticos, a algunos de los pequeños Estados del Norte de América y a muchos de los Principados de Alemania, parece conservar su antiguo nombre, El Tardón, que llevaba también el monasterio de basilios, situado en el centro y cabecera de aquella provincia meridional.
El resto del despoblado de la Sierra Morena, entre Sevilla y Huelva, Extremadura y Portugal, lo consideramos después separadamente. Las cinco secciones en que por la naturaleza y la topografía se divide este gran desierto del Mediodía de la Península son por lo tanto: 1ª) El de Montizon, 2ª) El de Despeñaperros, 3ª) El de Sierra de Montoro, Fuencaliente y Pedroches; 4ª) El central de la sierra de Córdoba o de los Turdulos, y 5ª) El del Tardón.
Y a la extremidad de esta cadena están la sierra de Segura a Levante, y las de Sevilla y Lusitania a Poniente; pudiendo considerarse también adyacente de este territorio el extensísimo valle de la Alcudia (Mancha) al Norte y lindando con las sierras de Córdoba y Fuencaliente.
El colonizar estos áridos desiertos y aprovechar sus feracísimos terrenos, su hermoso clima, su superabundancia de aguas y su ventajosa posición central en el Mediodía de la Peninsula, es posible hacerse, tan pronto y como las inmensas facilidades que pueden proporcionarse, poblandpo aquellos territorios de gente activa, que convierta en lugar de civilización lo que hoy es residencia de las fieras.
En cuanto al distrito de Montizon lo consideramos ahora unido al de Despeñaperros, pues a ambos se extienden las nuevas poblaciones de Olavide. La criminal indolencia, la ignorancia o el desacierto de nuestros gobernantes han hecho que tan interesantes colonias, cuya cabecera principal es la ciudad de la Carolina, en lugar de progresar como debían hayan sufrido una decadencia espantosa, especialmente desde algún tiempo a esta parte. Son 13 aldeitas que se encuentran hoy destruidas, algunas de ellas desde la guerra de la Independencia, como la de Arellano sobre el camino Real, que fue quemada por los franceses. La mayor parte ha sido abandonadas por los colonos, como la de las Correderas, que ya no queda ninguno, habiéndose visto forzados a vender las maderas y las tejas y a alejarse de albergues tan ingratos. A no haber sido sido por circunstancias causales como el progreso de la miseria y otras, estaría ya restablecida del todo el inmenso desierto que arrancó a la naturaleza salvaje Carlos III; y ni el convento que en él fundara el cenobita carmelita San Juan de la Cruz quedara en aquellos nuevos despoblados. El progreso en la destrucción ha sido tan rápido que hasta el pilar de abrevadero a la salida de Despeñaperros era inmensa utilidad ha desapericido, y sus aguas, esparcidas por aquellas cuestas, no prestan ya el beneficio que ante ofrecían, siendo asñi que una suma despreciable pudieránse volver a recoger.
La ruina de estas colonias ha probenido de haberles sido sustraido el fondo o capital destinado a complementarlas y a someter su desarrollo. Aquel recurso fue tomado por el Gobierno de Carlos III del Tesoro nacional y aplicado a aquel objetivo exclusivo como consignación propia, y ha sido un absurdo improducente el aplicar aquel fondo especial a ninguna otra coas. Este pozo insondable, esa sima sin fondo del llamado crédito público, las garras de las hidras que absorbieron el germen permanente del desarrollo de aquellas colonias, mataron un pensamiento de utilidad tan notoria, y aunque se reconoce el daño se dice estóicamente: el mal está ya hecho.
Más la reparación es fácil. Cierto es que varias fincas del fondo colonial está ya enajenadas, ¿pero faltan en los bienes nacionales para indemnizarlas, puesto que fueron sustraidos a su objeto? Si las fincas valían por ejemplo 13 milllones de reales, repóngase este valor aunque sea en otras más adecuadas al objeto.
La restauración de esta Banco de colonización o agrícola exige reglas particulares para su aplicación. Ante todo, la población de la Carolina necesita, con otro nombre, el Jefe político subalterno que le establecieron las Cortes del año 1820 y la adopción de un plan razonado y de rígida censura e intervención. Aquel capital, aplicado reproductivamente y aumentado por varios medios fáciles, alcanzaría a henchir rápidamente la población y a propagar el cultivo en la vasta extensión del territorio de que nos ocupamos; limitándose por ahora a decir que fue un absurdo haber contado las colonias por nuevas poblaciones, por la línea divisoria entre Jaén y la Mancha, dejando a Almuradiel y su territorio a esta parte. Tales divisiones eran propias de los tiempos feudales, cuando cada provincia formaba un Estado distinto. Hoy la cara de Dios enseña del antiguo reino de Jaén, como punto divisorio, debe colocarse en el fin del término de Almuradiel, y ser la línea de límites de las nuevas poblaciones y de la parte adyacente colonizable hacia la Mancha, y más siendo vertiente que completan los valles que descienden a Betis.
La primera necesidad, la urgencia más perentoria para aquellos distritos es la recomposición de los caminos por ambos costados de la sierra desde la Carolina a San Lorenzo en la Mancha, y el de Socuera hasta el Viso del Marqués, cruzándole así y dividiéndole en cuatro cuarteles principales. La restauración y fomento de aquellas hermosas comarcas solo reclama la voluntad y el discernimiento de los gobernantes.
No tenemos la pretensión de que en el estado actual se resuelva el pensamiento de que acabamos de ocuparnos; pero si conviene al interés generarl que vaya haciéndose opinión de un asunto que a fin ha de resolverse en pro de las ideas que acerca de él ha emitido todos los hombres de algún valor que ha tratado acerca de la conveniencia de aumentar la población de España, mucho más sí, como es de esperar, tienen éxito favorable los trabajos que actualmente se están haciendo para trazar el ferrocarril que debe atravesar aquel vasto y abandonado territorio. (Correo de Andalucía). Gaceta de Madrid, núm. 228, de 16 de agosto de 1858.