EL
CAYALONGA
Una
tarde cualquiera de principios de verano, cuando todavía se disfruta
en plenitud las vacaciones escolares, con su agenda aun por construir
repleta de misterios y secretas oportunidades. A esas horas, en las
que todavía quemaba el asfalto, los viandantes renunciaban ya en su
deambular urbano a la necesaria protección de los edificios,
librándose con ello de la persecución de su propia sombra. Aún
faltaban un par de horas para que el sol enrojeciese, dorando con su
fulgor la bóveda celeste antes de ponerse al poniente de las calles.
El cielo azul, aborregado de quietas nubes planeando en vuelo raso,
presenciaba desde la atmósfera como bajo él, volaban en círculo
incontables golondrinas con un agudo gorjeo, persiguiéndose las unas
a las otras en medio del caos. Por debajo, él y yo caminábamos con
las espaldas quemadas por el sol, los hombros pelados de piel muerta,
deshidratada y tirante por la acción del cloro, el alma aún virgen
y la pretensión de afeitarnos a diario como sagrada costumbre. En
esa atmósfera estival, el aire yacía suspendido, embalsamado por un
intenso olor a césped recién cortado.
-
¿Cuánta pasta has traído?
-
Cinco libras y algunas monedas.
-
Joder. Eres un miserias ¿lo sabías? ¿Te crees que aquello es una
bodega donde comprar litronas? Chaval, el Cala es otra categoría: el
pub de moda, allí donde va todo el mundo. Con suerte esas quinientas
pelas te darán para un par de cervezas en la terraza.
-
Qué quieres que haga. Vivo de las propinas. Y eso ahorrando.
-
Espero que no creas que por ello otra vez voy a invitarte. Si es así
lo llevas claro.
-
¿Estás seguro qué va por allí?
-
Eso me han dicho. Aunque de lo que te va a servir… Por mucho que
nos conozca ahora se mueve a otro nivel: gente que trabaja, con coche
propio. Alguno habrá que ni siquiera viva ya con sus padres. Pijitos
de esos aspirantes a yuppie que llevan el pelo cardado como el
cantante de Duran Duran. Vete haciendo a la idea que pertenece a tu
imaginación y no a tu vida real. Cinco libras, dices: ¡Menudo
pringado!
El
Calayonga estaba ubicado en el centro, en aquella parte de la ciudad
que con los años siempre acaba llamándose el casco antiguo. Una
construcción de casa de pueblo con dos plantas que, sumidas en la
penumbra por fluorescentes rojos y violeta, lo dotaba de una íntima
oscuridad supuestamente irresistible. En estos años, los dorados del
reservado, la decoración elegida era una mezcla de piano bar y
sociedad de Lores británicos, con una pretenciosa, aunque
subdesarrollada, intentona de elegante modernidad. Camareros con
pajarita y bigotito hijoputa, y un todo nuevo y todo limpio, era lo
que elevaba el caché del suntuoso Calayonga. La terraza, por
contraste, era una adyacente explanada de albero en mitad de un
enorme solar destinado a algún proyecto urbanístico por ahora
carente de fondos. Mientras durara la crisis y el verano, estaría
animada por altavoces ocultos tras dos enormes macetas, desde donde
ahora, brotaba a sottovoce la sintetizada voz de Chaz Jankel.
-
¿Qué va a ser? – preguntó el camarero.
-
Una Galimba y un Bulumba.
-
Un Lumumba, dirá.
-
¿Qué diferencia hay?
-
Con el Bulumba supongo que ninguna, más allá de saber pronunciar
bien el nombre del combinado. ¿Quieres una pajita chaval?
-
Gracias. Vengo servido de casa.
Aguardamos
durante un buen rato de charla insustancial mientras por allí
desfilaban caras bonitas y más de un rostro conocido. Mucha laca,
camisas techno, maquillaje y antebrazos repletos de quincalla a
imitación de Madonna. La típica afectación de gente beligerante
con la sencillez en el acostumbrado postureo de los bares de copas.
El aire se hacía cada vez más denso con el calor del ocaso y el
aroma dulzón de decenas de perfumes.
-
Allí está. ¿La ves? En el centro de ese grupito.
-
Si. ¿Quién es ese rubio que no se separa con ella? El de la
coletita y los pantalones grises por encima de los tobillos, con
zapatillas de John Smith
-
A saber. Otro guaperas follapavas. ¿Qué más da? Ya te dije que te
olvidaras. Aprovecha y pídete algo antes de que me arrepienta.
Haciendo
caso omiso, con aspavientos la llamé desde donde nos encontrábamos,
a fin de conseguir captar su atención.
-
Chicos. ¿Qué hacéis por aquí?
Nos
dio dos besos en la mejilla a cada uno. Su carita redonda, sus ojos
achinados y la frente ancha. Nariz graciosa, respingada, apuntando
carácter. Media melena, morena, peinada de forma indiferente hacia
un lado. Un vestido corto, azul, con escote fruncido y elástico para
cubrir su pequeño pecho.
-
Habíamos quedado con unas chavalitas – dijo él - Modelazas todas,
de grandes tetas y conversación absurda…
-
¿Y naturalmente os han dado plantón?
-
No estaba de Dios.
-
La verdad es que hemos venido a rescatarte. Siéntate con nosotros –
le pedí apartándole una silla.
-
No puedo. Lo siento. Es que he venido con esa gente.
-
Vale. Pues despídete de ellos, y mientras aquí te esperamos.
Hubo
de pasar otra larga hora antes de que entre risas los tres cruzásemos
las mortecinas calles que daban al viejo mesón. Allí nos alcanzó
la madrugada, bebiendo un vino raticida en el antiguo patio de
carruajes, alrededor de una mesa coja y destartalada, comiendo
raciones de bravas, oreja y montaditos de panceta, jugando al
futbolín y al billar, burlándonos de nuestras compartidas anécdotas
cuya versión nunca coincidía. El disco de Los Calis sonaba
machaconamente.
-
Ha sido una noche genial - me dijo en su portal ya de regreso al
barrio.
-
Darme las gracias a mí. Me debéis un talego cada uno.
-
Bien. Nos vemos mañana.
-
Como todos los días.
-
¿A las once en la piscina?
-
A las once en la piscina.
-
Hasta mañana entonces.
-
Hasta mañana.
Unos
metros calle abajo abría la puerta de mi bloque. Al pasar junto al
enorme espejo de la entrada, fugazmente, vi reflejada mi imagen
sonriente. El corazón me latía alegre, mientras subía las
escaleras de dos en dos hasta llegar al segundo piso. Aquel sería un
buen verano, pensé cerrando silenciosamente la puerta.
Málaga,
27 de Agosto de 2018
EL
GRAN ALF-ALFONSO ZM