Málaga,
10 de Agosto de 1858. La
noche de anteayer ha sido abundante en sucesos desagradables. Serían
la ocho y media cuando las campanas de las iglesias de la capital
hicieron señal de fuego, efectivamente este se había prendido a una
casa de la calle de Pizarro, barrio de la Trinidad, empezando por una
sala donde había porción de esparto, y comunicándose después a
otra que se hallaba ocupada con una cantidad considerable de paja; al
momento que este suceso tuvo lugar acudieron al sitio de la
ocurrencia los Sres. Gobernador de la provincia, Ingenieros civil y
militar, Mayor y Ayudantes de la plaza, Alcalde constitucional y
Concejales, Comisarios de todos los distritos, Arquitectos,
Directores de las compañías de Seguros, operarios de estas y
particulares con las bombas y otras multitud de personas, así como
fuerza de artillería, infantería y Guardia Civil, vigilantes,
Guardia municipal y serenos, dándose principio inmediatamente a los
trabajos con una actividad extraordinaria y rivalizando todos en
deseos de extinguir el incendio, como sucedió después de las once;
según hemos sabido, las llamas hicieron bastante destrozo en la
citada casa, comunicándose a otra dos inmediatas que tambíen
padecieron en algún tanto. Muchos han sido los que se distinguieron,
pero debemos hacer especial mención de los individuos de la Guardia
Civil que trabajaron con el mayor ardor, así como los Arquitectos y
operarios, contribuyendo a su total extinción las acertada
disposiciones de las Autoridades e Ingenieros, que estuvieron
incansables.
Se
ignora la causa que ha dado lugar a esta desgracia; pues la mujer que
habitaba la sala donde dio principio el fuego había salido, dejando
aquella abierta y encomendada a otras vecinas, las cuales,
encontrándose en las suyas respectivas, nada habían notado, y que
al volver aquella la encontró ardiendo.
No
concluiremos sin manifestar un hecho repugnante que se nos refiere,
cual es el que habiéndose dirigido varios trabajadores a una casa
inmediata a la incendiada por agua, manifestó su inquilino que no
podía facilitarla por carecer de pozo, lo que no creyendo aquellos,
entraron al patio y habiéndose visto, no tuvo aquel otra salida que
decir se hallaba seco; entonces a sacar agua en abundancia; mentira
parece que haya personas que se nieguen en caso de esta naturaleza a
facilitar un auxilio tan indispensable; si es cierto, debería
castigarse severamente para que no se repita, aunque estamos
persuadidos que no puede tener ejemplo. Hasta aquí lo ocurrido sobre
el particular de que tratamos.
Como
decimos antes, ya más de las once quedó extinguido el fuego,
retirándose por consecuencia todos, si bien para descansar un
brevísimo rato y pasar a verificar iguales tareas en otro incendio
de mucho mayor consideración; las doce de la noche serían cuando
pasando un sujeto por la plaza de la Constitución en dirección a su
casa, notó que salía humo en abundancia por los balcones de la
tienda de quincalla de D. Antonio León, que sitúa en aquella,
formando esquina a la calle de Granada; y conociendo que solo podía
causarlo algún incendio en el interior, avisó al sereno, que hizo
señal con el pito, a la cual acudieron otros y varios vigilantes;
llamaron a la casa diferentes veces; pero nadie respondía por
encontrarse entregados al sueño, y entonces se determinó derribar
la puerta; a los golpes despertaron los que se hallaban dentro, que
ocupaban el tercer piso, y entonces dio principio una escena
tristísima y desarrolladora; las llamas habían tomado un incremento
terrible, en término de haber invadido todo el primer piso, que
estaba destinado para almacén, y donde empezó el fuego,
comunicándose al segundo, y dejando interceptada la salida; el humo
que producía era densísimo, y ahogaba a los dependientes de la
casa, que desde los balcones y desnudos muchos de ellos, pedían a
gritos auxilio; todos los que presenciaban esta escena estaban
consternados, y no sabían qué hacer para librarlos de la muerte que
les amenazaba tan cerca, cuando un operario de la compañía de
Seguros, auxiliado de una faja que le dieron en la casa de frente,
colocó la escalera de salvación, y con ella llegó arriba en medio
de los mayores peligros, pero no se limitó a esto solo el arrojo de
dicho individuo; a poco se le vio salir con una mujer en brazos y
desmayada, criada de la casa, a la cual bajó desde aquella altura
por la misma escalera hasta dejarla en una casa inmediata, subiendo
de nuevo y verificando igual operación con algunos dependientes del
establecimiento, otros de los cuales se habían ido descolgando por
sí mismos hasta ponerse en salvo; este operario, cuyo arrojo es
digno de mencionarse y de ser imitada su conducta por todos
conceptos, se llama Antonio Reina León. Cuando esto sucedía y
después, las bombas no cesaban de funcionar por todas partes; aunque
se pensó en derribar la casa con algunos disparos de cañón, no se
creyó conveniente por los señores ingenieros, y se desistió en
ello; en unas tres horas poco más o menos, es decir, hasta las tres
de la mañana que pudo dominarse el fuego, destruyó por completo
toda la casa, así como los efectos que tenía, pues solo se salvaron
los que se encontraban en la parte baja donde se hallaba la tienda.
Como
al anterior, se presentaron en el acto nuestras Autoridades,
Ingenieros Comisarios, vigilantes, Guardia municipal, Arquitectos,
Mayor y Ayudantes de la plaza, fuerza del Ejército y Guardia Civil,
tripulación de un buque de guerra, que creemos fuese el vapor
Alerta,
serenos, Directores de la compañías de Seguros, operarios de estas
y otros, trabajando todos con el mayor empeño para extinguir el
fuego y dando muestras del mayor valor, distinguiéndose el
Comandante Capitán de granadero del regimiento del Murcia D. José
Cuartero, que con los oficiales e individuos de su compañía
trabajaron incansablemente, así como el Comandante de la Guardia
civil D. Miguel Guzmán, que se ocupó hasta en sacar agua para apagar
el incendio; ejemplo que imitaron perfectamente los individuos del
Cuerpo, trabajando también mucho los maestros de obras Sres. Leal y
Clavero. Los Arquitectos Sres. Trigueros, Salinas, Moreno y Mapelli
se distinguieron como acostumbran siempre, verificándolo igualmente
los Jefes y dependientes de vigilancia, la Guardia municipal, el
cuerpo de serenos, la tripulación de vapor y todos cuantos
concurrieron. Un joven de 13 a 14 años, del que no hemos hecho
mérito hasta ahora, llamó la atención de las Autoridades y de
cuantas personas se hallaban presentes, pues se vio incansable en
llevar cubos de aguas a las bombas, tanto en uno como en otro
incendio, en términos de que muchos hombres reunidos no daban el
surtido que este solo, y en cuya operación lo vimos ocupado hasta el
medio día de ayer; lo recomendamos a las compañías de Seguros, así
como lo hacemos especialmente del operario Antonio Reina y León, de
quien nos ocupamos antes, y que ciertamente merece una recompensa.
Como
es de suponer, los dueños de las casas inmediatas, todas tiendas de
quincalla, las desalojaron, colocándose los efectos en medio de la
plaza custodiados convenientemente, hasta que ya amanecido el día
los retiraron; la contigua a la incendiada, ya dentro de la calle de
Granada, sufrió también algo, pues las llamas llegaron a penetrar
en ella; afortunadamente no ha habida más desgracias que lamentar
que las pérdidas consiguientes a estos; dos de las tres casas que
componían el edificio estaban aseguradas, así como los efectos, de
los que solo se han salvado una parte pequeña; el dinero que había
en los cajones, que asciende a cerca de 60 duros, letras y otros
papeles de importancia, que se han depositado para entregarlos a su
dueño, que se encuentra ausente de esta ciudad hace algunos días.
En
nada estuvo que hubiese un tercer incendio en otra casa de la plaza;
pues sucedió que habiéndose retirado a descansar uno de la familia,
dejó el cerillo que llevaba encendido encima de una mesa, y habiendo
bajado cuando ocurrió el anterior, siguió aquel ardiendo hasta
concluirse, pegando fuego a aquella, cuyas llamas se notaron desde la
plaza y acudieron diferentes trabajadores, pero afortunadamente no
pasó de aquí.
No
pueden darse más desastres que los que dejamos referidos, debiendo
manifestar por conclusión que las monjas de las Carmelitas, cuyo
convento linda con la casa donde ocurrió el incendio, llevaron su
buena parte de susto, y en el cual fue necesario abrir algunos
huecos por pura precaución. (Correo).
Gaceta
de Madrid, núm. 228, de 16 de agosto de 1858.