LOS ULTIMOS DIAS DE LA ETERNIDAD
Un sueño profundo, aun sin consumir, trae consigo este despertar entontecido. Boca abajo, con un humillante reguero de saliva manando por la comisura de los labios, cuyo caudal desemboca en la funda de la almohada, las sábanas revueltas, enroscadas a las piernas. Abro los ojos y el sol se filtra entre las rendijas de la persiana a medio subir. La ventana de par en par, y con la mañana, llega el sonido de los aspersores y la fragancia del césped recién cortado. Me desperezo. A las once en la piscina. El súbito recuerdo produce una sacudida que me hace saltar de la cama.
En el reloj de la cocina aún faltan diez minutos para las once. Donuts y bollería de chocolate recién salidos del carro de la compra. Desayuna despacio, que te va a sentar mal ¿Pero a dónde vas con tanta prisa? Si no fueras tan holgazán no tendrías que salir corriendo ¿Te has lavado la cara?
Me pongo lo primero que tengo a mano. Una camiseta arrugada, el bañador, la toalla al hombro, y bajo las escaleras de dos en dos. Buenos días Pepi, hola Jose, saludo a los vecinos mientras me cruzo con ellos. Paso corriendo delante del enorme espejo de la entrada que fugazmente devuelve mi imagen como una foto hecha a gran velocidad. Abro el portal y en la calle prosigue el sonsonete mecánico de los aspersores de riego, aspiro una bocanada con el olor del césped recién cortado y apresuro mi paso con rápidas zancadas calle arriba.
¡Hijoputa!, pensé que otra vez me dejabas plantado. El ticket reserva de la pista, dos libras pagadas a medias. Cuatro pelotas desgastadas, medio calvas, todas ellas prestadas. Dos raquetas descordadas y las playeras baratas trabándose en la áspera superficie de esta pista que con un tropezón te deja unas heridas cuyas costras duran todo el verano. Lentamente el sol comienza su ascensión. El olor a cloro y el zumbido de la depuradora acompañan cada juego. La pelota se pierde en un cielo azul aborregado de quietas nubes como un jonrón bateado por Joe Di Maggio. Vuelo rasante a aquel lugar inexplorado repleto de maleza y escombros entre los pliegues de terreno de ese edificio en obras que nunca parece acabarse. ¿Cuántas nos quedan? Ni una ¿Y de quién dices que eran?
Por falta de pelotas la hora contratada acaba precipitadamente. ¿Dónde se habrán metido las putas bolas? ¿Y cómo íbamos? Mira que te dije que no le pegases tan fuerte. ¿Acaso te crees que eres Ivan Lendl jugando la final de Roland Garros? Ahora querrá que le compremos unas nuevas y habrá que sisarlas. Este entretenimiento del deporte no sale rentable.
La vieja bodega junto al Nimega. Una litrona de Mahou bien fría. ¿No es un poco pronto, campeones? Otra libra, también a medias. Sudando, sentados en la acera, buscando sombra, con la espalda apoyada en la puntiaguda pared de pegotes de cemento y ladrillos deformes de aquel local invendible por estar demasiado escondido a la vista. Sus aristas se clavan en esa parte de los hombros que empieza a despellejarse por los primeros efectos del verano. Una chica limpia su cuarto en el segundo piso y por su ventana escapa a todo volumen una canción de Chaz Jankel.
Esta tarde vamos al Cala. Llévate dinero, aquello no es una bodega para borrachingas. Un sitio de categoría, con lo que ponte presentable ¿Seguro que ella va por allí? Ya te digo. Allí la encontraremos. Aunque para lo que te va a servir.
Apurando la botella entregamos el carnet en la portería de la piscina ¡A ver qué liais hoy, tarados! Subimos de dos en dos las escaleras que dan forma a la grada, extendiendo las desgastadas toallas sobre el húmedo césped recién cortado.
¡Maricón el último! Una carrera atropellada con riesgo de resbalón entre escalones y zambullida a bomba. ¡Hinkley!
Málaga, 28 de Mayo de 2020
EL GRAN ALF-ALFONSO ZM
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