NUEVA COLONIA AURIFERA EN LA ISLA DE VANCOUVER
Si los aventureros españoles e ingleses del siglo XV pudiesen ver el estado actual del mundo, mirarían con una mezcla de envidia y satisfacción la realización de sus dorados sueños llevada a cabo por una remota posterioridad. Si hemos de dar crédito a las noticias de sus entusiastas visitadores, en la isla de Vancouver los antiguos descubridores, podían casi haber reconocido otro objeto de sus constantes pesquisas en un paraíso terrestre, que es al propio tiempo un depósito de riquezas. Según ellos, el clima es igual al del Mediodía de Francia; las raíces de las yerbas son tan gruesas como cebollas; los rebaños de todas clases tienen abundantes pastos todo el año; el mar está cuajado de ricos peces, y pueblan los bosques árboles de maderas preciosas. Además, lo cual vale más que todo, al presente no se conoce allí contribución de ninguna especie que contriste al pobre colono. El Gobierno local no ha impuesto hasta ahora derecho ninguno sobre los géneros que, probablemente, a falta de todo cambio, no se habrán importado en mucha abundancia del exterior, y en total, parece que para aquellos que miran con indiferencia las comodidades de la civilización, la isla de Vancouver, sin excepción alguna, es la parte más agradable de la superficie de la tierra.
Sin embargo, la experiencia nos dice que esta feliz combinación de riqueza con la baratura no puede durar mucho tiempo. Al año o dos de sus respectivas excavaciones, California y Melbourne fueron más caras que Londres o Nueva York, y hasta el presente hemos visto que las mismas causas producen en un grado más o menos modificado unos mismos efectos. Los mineros que se han enriquecido necesitan comodidades de todo género; el país exige caminos, ferrocarriles y fortalezas, y las necesidades de la vida se satisfacen difícilmente cuando todos los trabajos agrícolas se abandonan ante el afán de buscar oro. Con todo, el clima, la fertilidad del suelo y la ventajosa posición insular existirán siempre y debe esperarse que la administración regular que ha bastado que unos cuantos colonos diseminados llegará a ser el gobierno de una comunidad populosa y bien organizada.
Los primeros aventureros californianos no pertenecían seguramente a las clases más acomodadas ni más respetables de la sociedad; y aunque los actos de los cómites de vigilancia indican la presencia de una conciencia pública intermitente en San Francisco, es preciso que pase mucho tiempo antes de que una ciudad o un Estado pueda esperar salir de una condición en la cual la vida y la propiedad carecen de seguridades. El carácter norteamericano no peca de pacífico ni de conciliador, y los naturales mejicanos, indios y mestizos se han visto tratados como enemigos o como una raza inferior y conquistada, mientras que la clase legisladora, demasiado ocupada en sus negocios para atender a la política, ha abandonado en general la dirección de los negocios públicos a los jugadores, a los rufianes y a los estafas.
No cabe duda de que esta mezcolanza desaparecerá con el tiempo, pues los americanos poseen una facultad instintiva para reprimir los abusos cuando se hace intolerables; pero al mismo tiempo sería poco grato que semejante estado de cosas se introdujese en un establecimiento británico, si bien por ahora parece que la isla de Vancouver sufrirá la misma anarquía que prevalece en California. Afortunadamente en la ocasión presente no hay ninguna razón para temer la forma de usurpación que, a tratarse de un territorio situado en las fronteras de otros Estados, pudiera considerarse como peligrosa. Aunque la posesión de colonias auríferas adicionales es comparativamente insignificante para Inglaterra, sería muy sensible que el honor nacional se encontrarse comprometido en una cuestión territorial, y debemos congratularnos de que la mayoría del primer cuerpo de aventureros se componga de súbditos de la Corona que no hará menos leales su temporal experiencia de las instituciones americanas. Ásegurase que un gran cuerpo de mineros de Cornuailles, la clase más respetable de colonos, ha dejado ya San Francisco por los campos auríferos de Vancouver, y no tendría nada de particular que la oprimida población de las diferentes razas coloradas buscase gradualmente en la misma región un retiro seguro huyendo de sus intratables vecinos de California. Las tribus indias de la isla, como igualmente todos los naturales dependientes de la compañía de la bahía de Hudson, aunque belicosos, son amigos de los ingleses, y felizmente no hay allí ninguna población conquistada ni medio civilizada que conciliar a que sujetar.
Por lo demás, hay terreno sobrado al interior y a lo largo de las costas del Pacífico donde pueda desahogarse el genio emprendedor de los norteamericanos, y sería muy de desear que se ensayasen dos sistemas distintos de colonización el uno al lado del otro. En tanto que los colonizadores sean ingleses o de cualquier otra nación menos norteamericanos, no hay que temer ningún proyecto de conquista. En California no hay un sobrante de población para formar con ella un ejército invasor, y una división de la escuadra del Pacífico puede hallarse dispuesta a cualquier hora para proteger la isla en caso de necesidad. Parecería una cosa extraña si en lo sucesivo surgieren nuevas relaciones de amistad o de hostilidad entre Rusia e Inglaterra a causa del contacto de sus posesiones al otro lado del globo. Empero es prematuro por ahora hacer teorías sobre los destinos de una colonia que debería ser prácticamente independiente tan luego como adquiera riqueza o población. Además, el oro de la isla de Vancouver, cualquiera que sea su condición política en las costas del Pacífico, llevará la misma dirección en tanto que Inglaterra siga siendo el Imperio del mundo. La recomendación del nuevo comité para que la Corona vuelva a incorporarse de la isla de Vancouver debería ponerse en práctica sin pérdida de tiempo. (Times). Gaceta de Madrid, núm. 228, de 16 de agosto de 1858.
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