VIDA Y MILAGROS DE LAS RANAS
Recuerdo que hubo un breve lapso de tiempo, pasado el ecuador de los años setenta, en el que los guantazos que Bud Spencer propinaba en el cine de verano sonaban de un modo extraño. Como si fuesen solapados por estentóreos y silvestres sonidos. Pero claro, yo nunca había escuchado el croar de una rana.
Curiosamente, justo después de aquel extraño bullicio, sincopado con la imagen, llegaba a mis oídos el reconocible audio de la chufla en cuestión. Con un retardo, como el atronador rugido de los relámpagos en la tormenta, o aquellas conexiones que hacía El Parte de las tres con un reportero que daba una noticia desde el extranjero vía satélite. Y entonces sí, los sopapos de El Niño y Trinidad, restallaban en su versión original, expulsados del celuloide y dispersos a docenas por la rústica parcela frente a la pantalla, lo cual deduje después eran obra de los cinéfilos allí congregados, con el objeto de aplastar sobre brazos y piernas la legión de mosquitos que habían volado desde las huertas atraídos por la luminosa proyección.
El caso es que ni siquiera sabía que las ranas croasen. Aunque si sabía que saltaban, y que incluso un torero las imitaba cuando le salía una buena corrida.
Naturalmente, no estaba tan aniñado para creer que fuesen seres hechizados por un siniestro embrujo. ¿Pero croar? ¿Qué diantres era aquel maldito ruido que sonaba en modo concierto durante toda la noche en las acequias cercanas, compitiendo con los ronquidos del sueño profundo o el maldito tic tac del reloj de mesilla? Y a todo esto, ¿por qué se ponía sobre la mesilla de noche un despertador? Estábamos de vacaciones, pleno julio, y los únicos que tenían que trabajar eran los dependientes de helados y los cocineros de paellas, pues a mi edad no consideraba un trabajo como tal a los que esforzadamente subían el Tourmalet o el Alpe d’Huez después del almuerzo, siempre claro está, que las interferencias de aquella tele en blanco y negro lo permitieran.
Nunca había escuchado esa palabra, de modo que pregunté.
- Croar es algo que estos animales hacen por la noche- me aclararon en una de aquellas ruidosas veladas cenando en la terraza - Un canto que practican cuando se pone el sol para atraer a las ranas de su otro sexo.
Tampoco sabía que las ranas tuviesen sexo. Como pequeño urbanita mi experiencia con la fauna local se limitaba a los perros de mezcla, gorriones, y algún gato huidizo. De ranas, como ya he explicado, había visto alguna en las ilustraciones de aquellos cuentos en las que una malvada bruja convertía a un príncipe en batracio, el cual sentado en una piedra, esperaba tostándose al sol a que pasadas unas páginas el beso de una hermosa princesa le devolviese a su forma anterior de elegante galán danés. Deduje por ello que habría pocas ranas en el mundo, pues cómo sino iba la princesa a dar con la precisa rana embrujada sobre la piedra adecuada en las tenebrosas profundidades de aquel oscuro bosque. Sin embargo, debía estar equivocado, pues por lo que escuchaba cada noche, debía haberlas a miles.
¿Croaría la rana embrujada a la princesa prometida a fin de guiarla hacía ella? De ser así, necesariamente la princesa salvadora debía hablar el erótico lenguaje de las ranas, con lo que algo de rana tendría la propia princesa ¿Sabría la candorosa infanta que aquella rana angustiada necesitaba desesperadamente un beso de amor para abandonar la hedionda charca y volver a su vida palaciega, en la cual sin duda la esperarían asuntos de gran interés de Estado, como matar un dragón que amenazase su reino, o despertar el mismo a otra princesa sometida a parecido sortilegio por haber mordido una narcoléptica manzana?
Cuántas cosas desconocía a mi edad. Natural que los adultos me pareciesen tan sabios. Por no saber tampoco sabía que la noche pudiese ser tan cerrada y oscura. Y silenciosa, de no ser por el canto (croar) de las ranas. Ni había percibido nunca ese olor a madreselva, a hierba en descomposición envuelta en un húmedo ambiente floral mezclado con el aroma pestífero del agua estancada, ni visto jamás una noche estrellada, ni escuchado el canto de los grillos, pues en mi ciudad, por falta de praderas no había grillos y por exceso de luz no había estrellas.
- ¿Los grillos croan? – pregunté durante otra cena.
- No. Los grillos, grillan. Es algo que hacen por la noche. Un canto que practican para atraer a los grillos de su otro sexo
- Es decir, croan.
Con razón había escuchado en casa que la sexualidad era cosa de mayores. La naturaleza carnal de ranas y grillos empezaban a complicarme el entendimiento incluso antes de que las hormonas levantasen una parte de mí bajo vientre como por arte de Uri Geller. Y lo practicaban de noche. A esas horas en las que los mosquitos del cine me devoraban, cuando contaban que acudían las brujas volando en sus escobas a presenciar la bacanal de las especies, en el momento del día en que todo lo que estaba a la vista desaparecía y las carrozas se convertían en calabazas y sus corceles en ratones.
Supuse con ello que por intimidad todo lo íntimo se desarrollaba a esas horas, y que por eso en la tele ponían los dos rombos y nos mandaba a la cama la familia Telerín. A partir de eso de las diez, cuando las ranas croaban y los grillos grillaban, se acababa la fábula infantil y la oscuridad corría una negra cortina que echaba el telón para así dar cobijo a los deseos más secretos de los adultos, aquellos que aguardaban tórridas horas de sudor esperando estoicamente poder desfogarse, y era entonces cuando tomaban el relevo las Bubbygirls, y cantaban con ritmillo yé-yé para animar el ambiente previo al destape. A esa hora determinada, cuando el reloj despertador de la mesilla marcaba la hora que siempre luce en los escaparates de las relojerías, nos acostaban, y en la habitación contigua se desperdigaba por los cuatro rincones de la alcoba la desgastada ropa interior y se escribía con brocha gorda otra carta a la cigüeña.
Un par de meses después de aquel salto (esta vez del tigre), corroídos los nervios por la incertidumbre, la rana tenía que desarrollar su papel más científico y mediante la prueba que llevaba su nombre, adivinaba si seríamos uno más en la familia. En caso de éxito marchaba sin premura, salto a salto, hasta llegar a París para así certificar el envío. Extraordinarias cualidades las de este animal.
Para profundizar en el tema, una tarde que descansaba el Tour, fuimos a cazar ranas a las insondables oquedades de las huertas. El proceso era sencillo. Una larga caña de esas que crecían en mitad del camino, un cordel y un trozo de trapo rojo atado en un extremo. Se lanzaba el bramante a la charca y el anfibio no tardaba en morder el anzuelo.
La primera que pesqué me miró con ojos de rana y cara de resolver un test. Sonrió con boca de sapo. No parecía hechizada, ni croaba ni pidió beso alguno. Tampoco parecía que tuviese prisa por marchar a algún lejano reino. Más bien estaba allí, ociosa, dándose un despreocupado baño, como si también ella estuviese veraneando. Miré al cielo y no vi cigüeñas, y ni mucho menos me fueron revelados enigmáticos presagios. Aun así, solo por si acaso, no tardé en devolverla a la charca.
Advertido como estaba de que en esta vida no se podía vivir del cuento, temí que por culpa de mis actos acabase estropeándole a alguien el final del suyo.
Málaga, 8 de Agosto de 2020
EL GRAN ALF-ALFONSO ZM
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